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Mostrando entradas de julio, 2026

Seguimos

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 Treinta y ocho años de matrimonio.   Hay aniversarios que se cuentan con fotos. Con reservas en restaurantes o con los viajes que nos encantan. También están los aniversarios que llegan después de descubrir, de forma violenta, que el amor no se mide por los años compartidos, sino por la capacidad de permanecer cuando la vida deja de parecerse a lo que habíamos planeado. Este es uno de esos.   Desde el 1º de marzo nuestro amor dejó de ser como una peli romántica. Nos vestimos de bata blanca, no de resort sino de hospital. Por un mes no olimos a perfume sino a desinfectante. No oímos mi canción favorita Every woman in the world, sino el sonido enervante de los monitores en UCI. Este año nos recordó de golpe que el hasta que la muerte nos separe no es esa frasecita cliché, sino una posibilidad, tremendamente presente y no negociable.  Ahí estabas: terco como siempre, empeñado en no soltarme la mano cuando el miedo decidió alojarse como huésped en mi...

El mundo en Mundial

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Escribo antes de la Final. El Mundial no se juega en los estadios. Se juega en los grupos de WhatsApp (en los que pedí una opinión sobre una furibunda crítica al glorioso Messi y me mandaron a lavar platos).  Se juega en las oficinas donde nadie trabaja cuando hay partido y en los bares donde toditos son técnicos o árbitros. Pero donde se juega y pierde es en ese rincón del cerebro donde la sensatez sale de vacaciones y la reemplaza  la pasión más baja.   Nos escandalizan las trampas de los jugadores, pero nos hacemos de la vista gorda cuando las comete nuestro equipo. ¡Curiosa moral!   Los hinchas... ¡ayyy, los hinchas! Capaces de perder la voz alentando a un país que quizás nunca conocerán.  Se pintan la cara, retiran su CTS para este descanso forzoso; asisten a la final y terminan sufriendo como si el destino de la humanidad dependiese de un penal después del minuto noventa.   Mientras tanto, desde algún escritorio bacán,  apa...

Tía Peluca

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Hay personas que nacen para pasar desapercibidas. Raquel hizo exactamente lo contrario. Llegaba con uno de esos peinados imposibles y hermosos que solo ella podía llevar con tanta naturalidad. Cada nuevo look era una declaración de principios: la vida es demasiado corta para peinarse igual todos los días. Era brillante, vibrante, generosa, intensamente viva.  Una diva, sí, pero de las que no necesitaban escenario porque convertían cualquier rincón en uno. De ésas que iluminaban primero la mesa y luego toda la reunión.  Fue dejando amigos y afecto  por cada lugar donde vivió, como quien va sembrando pequeñas certezas de que el mundo todavía puede ser más cálido. Llámese Bogotá, París, Miami o su lindo Florianópolis.  Querida tía Peluca, sigo  guardando las fotos que me enviaste de tus viajes, cuando la vida era simple y las postales, de cartón. Hay ausencias que no hacen silencio. Hacen eco. Se meten en las conversaciones, en las fotos, en los recuerd...

Los ojos de mamá

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(En la foto: la escritora de nombre impronunciable. El libro: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes). Hay padres que dejan una herencia invisible: la manera de abrazar el mundo. Algunos nos enseñan que el amor es el refugio idílico; otros, sin querer queriendo, nos convencen de que hay que merecerlo, perseguirlo o simplemente, sobrevivir a él. Y entonces uno crece creyendo que las ausencias son normales, que el silencio también dice te quiero y que las migajas, alimentan. Lo verdaderamente perverso es que el corazón, super obediente él, aprende la lección demasiado bien. Después llegan otros amores y uno los elige con la misma precisión con la que una brújula malograda señala el  precipicio similar. Confundimos intensidad con cariño. Pero un buen día descubres que no naciste para mendigar afectos. Que la infancia explica muchas grietas, aunque no debiera decidir la arquitectura de toda tu vida. Y entonces empieza el verdadero acto de amor: dejar de buscar en otros el ...