El mundo en Mundial

Escribo esto antes que el Mundial baje el telón. 

Por una simple consulta de opinión para mi blog, he descubierto que el fútbol tiene menos de deporte que de religión pagana: caben santos que fingen faltas, herejes que compran árbitros, píos que insultan hasta a la madre del rival y conversos que cambian de camiseta según quién vaya ganando. 

Noventa minutos bastan para que un ingeniero de datos discuta con un taxista sobre un off side inexistente y para que un adulto, normalmente funcional, llore abrazado a un desconocido porque once chicos patearon la pelota mejor que los otros once. 

 Nos escandalizan las trampas de los jugadores, pero nos hacemos de la vista gorda cuando las comete nuestro equipo. ¡Curiosa moral! 

 Los hinchas... ¡ayyy, los hinchas! Capaces de perder la voz alentando a un país que quizás nunca conocerán. Se pintan la cara, retiran su CTS para estas vacaciones forzosas a la sede de la final y terminan sufriendo como si el destino de la humanidad dependiese de un penal después del minuto ciento veinte. 

 Mientras tanto, desde algún escritorio bacán, siempre aparece una mente “brillante” convencida de que el fútbol necesita otra regla, otro protocolo. Ya sea ese off side milimétrico, el tiempo efectivo, el marketing disfrazado de pausa u otra tecnología más para demostrarnos que la emoción también puede medirse con cronómetro y algoritmos. 

La FIFA parece empeñada en cambiar un juego que sobrevivió un siglo precisamente gracias a su maravillosa imperfección y espontaneidad;  ayayay la final se da entre dos países de habla hispana ¡AUCH!

Sin embargo, cuando el árbitro pita diciendo se acabó, algo queda flotando en el ambiente: la certeza de que seguimos necesitando creer en hazañas compartidas. Aunque duren un suspiro. Aunque al día siguiente volvamos a pelearnos por cualquier otra cosa, léase política. 

Porque cuando la pelota deja de rodar, los estadios se vacían y las camisetas regresan a cada clóset, nuestras bajas pasiones siguen allí, buscando otro escenario. El fútbol solo nos hace el favor de exhibirlas sin maquillaje. Quizás por eso volvemos cada cuatro años: no para ver quién levantará la copa, sino para comprobar que, bien en el fondo, seguimos siendo imperfectamente humanos.

¡Que gane el mejor!

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