Pilar 1, Pilar 2
Mis dos pilares, esas columnas que me han sostenido tal cual —gorda y pesada, preguntona y eléctrica— están malitas. No se han erosionado al punto de derrumbarse, pero ha bastado que ingrese algo de humedad para que se rajen. Empiezan a doler los años. Se sienten mal. Puedo hacer un paralelo entre ellos, aunque existan cuatro décadas de distancia. El cuerpo es sabio: te habla y, si te haces el sordo, te grita. No siempre hacemos caso a las señales porque seguimos estando medianamente fuertes, alguito poderosos, casi jóvenes. Pero, aunque nuestra cáscara —con cremas antienvejecimiento— pretenda hacernos sentir de menos edad, es el calendario, con todos los años transcurridos, el que manda. No hay manera de saltarnos meses o de contarlos de tres en tres. No podemos borrar de un tachón un pedazo de vida ya vivida. Créanme, lo estoy intentando. He aprendido un par de cositas en esta malhadada semana. El cerebro se empieza a reducir pasada nuestra pila de años… No sig...