Papá sin libreto
Hace tres meses casi lo pierdo. A él. Al padre de mis hijas. Al hombre que lleva casi cuarenta años ocupándose de esas cosas invisibles que sostienen una familia mientras todos andamos demasiado ocupados viviendo como para notar el desgaste, el andar pausado, la vida que, al menor descuido, puede escurrirse de las manos. Y de pronto, el mundo se detuvo. Porque uno cree que los padres están ahí para siempre. También crees que tu pareja es eterna. Que siempre habrá tiempo para otra conversación, para otro consejo no solicitado, para otra discusión sobre cómo hacer las cosas correctamente. Para un pleito más sobre política. Hasta que la vida te recuerda de golpe que no viene con garantías y que el reloj, ese horrible aparatito del que estamos pendientes, no deja de avanzar. Mi propio padre se fue hace cuatro años. Pensé que ya había aprendido la lección sobre las despedidas. Sobre el dolor. Sobre la pérdida. Pues, resulta que no. ¡La vida es gen...