Seguimos
Treinta y ocho años de matrimonio. Hay aniversarios que se cuentan con fotos. Con reservas en restaurantes o con los viajes que nos encantan. También están los aniversarios que llegan después de descubrir, de forma violenta, que el amor no se mide por los años compartidos, sino por la capacidad de permanecer cuando la vida deja de parecerse a lo que habíamos planeado. Este es uno de esos. Desde el 1º. de marzo nuestro amor dejó de ser como una peli romántica. Nos vestimos de bata blanca, no de resort sino de hospital. Por un mes no olimos a perfume sino a desinfectante. No oímos mi canción favorita Every woman in the world, sino el sonido enervante de los monitores en UCI. Este año nos recordó de golpe que el hasta que la muerte nos separe no es esa frasecita cliché, sino una posibilidad, tremendamente presente y no negociable. Ahí estabas: terco como siempre, empeñado en no soltarme la mano cuando el miedo decidió alojarse como huésped en m...