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Tía Peluca

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Hay personas que nacen para pasar desapercibidas. Raquel hizo exactamente lo contrario. Llegaba con uno de esos peinados imposibles y hermosos que solo ella podía llevar con tanta naturalidad. Cada nuevo look era una declaración de principios: la vida es demasiado corta para peinarse igual todos los días. Era brillante, vibrante, generosa, intensamente viva.  Una diva, sí, pero de las que no necesitaban escenario porque convertían cualquier rincón en uno. De ésas que iluminaban primero la mesa y luego toda la reunión.  Fue dejando amigos y afecto  por cada lugar donde vivió, como quien va sembrando pequeñas certezas de que el mundo todavía puede ser más cálido. Llámese Bogotá, París, Miami o su lindo Florianópolis.  Querida tía Peluca, sigo  guardando las fotos que me enviaste de tus viajes, cuando la vida era simple y las postales, de cartón. Hay ausencias que no hacen silencio. Hacen eco. Se meten en las conversaciones, en las fotos, en los recuerd...

Los ojos de mamá

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(En la foto: la escritora de nombre impronunciable. El libro: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes). Hay padres que dejan una herencia invisible: la manera de abrazar el mundo. Algunos nos enseñan que el amor es el refugio idílico; otros, sin querer queriendo, nos convencen de que hay que merecerlo, perseguirlo o simplemente, sobrevivir a él. Y entonces uno crece creyendo que las ausencias son normales, que el silencio también dice te quiero y que las migajas, alimentan. Lo verdaderamente perverso es que el corazón, super obediente él, aprende la lección demasiado bien. Después llegan otros amores y uno los elige con la misma precisión con la que una brújula malograda señala el  precipicio similar. Confundimos intensidad con cariño. Pero un buen día descubres que no naciste para mendigar afectos. Que la infancia explica muchas grietas, aunque no debiera decidir la arquitectura de toda tu vida. Y entonces empieza el verdadero acto de amor: dejar de buscar en otros el ...

Éstos son, aquí están

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Junio vuelve a vestirse de colores. Y no es porque las marcas hayan descubierto súbitamente el amor  ni porque la igualdad sea, de pronto, marketera.  Junio se sigue pintando de orgullo porque todavía hace falta. Mucha falta. Porque mientras en algunos países se celebran conquistas que costaron décadas de lucha, en otros se recortan derechos, en un tris. Como si la dignidad fuera negociable. Como si existir necesitara de algún permiso o sello. Como si amar fuera un delito (nos lo canta el famoso vals El plebeyo, en otro contexto). Vuelvo a escribir sobre el tema ¡como cada año! (ver: https://prosatiradaalmar.blogspot.com/2021/06/el-fin-del-mundo-parte-ii.html https://prosatiradaalmar.blogspot.com/2024/06/el-fin-del-mundo-parte-3.html). Aquí están ¡otra vez!   RESISTIENDO.  RECORDANDO.  VIVIENDO.  Porque el orgullo nunca fue una fiesta; la fiesta fue el premio por seguir de pie. Por elegir el amor. Resulta curioso que haya quienes se sientan...

Papá sin libreto

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Hace tres meses casi lo pierdo. A él. Al padre de mis hijas. Al hombre que lleva casi cuarenta años ocupándose de esas cosas invisibles que sostienen una familia mientras todos andamos demasiado ocupados viviendo como para notar el desgaste, el andar pausado, la vida que, al menor descuido, puede escurrirse de las manos.   Y de pronto, el mundo se detuvo. Porque uno cree que los padres están ahí para siempre. También crees que tu pareja es eterna. Que siempre habrá tiempo para otra conversación, para otro consejo no solicitado, para otra discusión sobre cómo hacer las cosas correctamente. Para un pleito más sobre política.   Hasta que la vida te recuerda de golpe que no viene con garantías y que el reloj, ese horrible aparatito del que estamos pendientes, no deja de avanzar.   Mi propio padre se fue hace cuatro años. Pensé que ya había aprendido la lección sobre las despedidas. Sobre el dolor. Sobre la pérdida. Pues, resulta que no. ¡La vida es gen...

El fin del mundo

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Existe una tradición democrática tan antigua como las mismas elecciones: despertarte al día siguiente convencido de que el país ha perdido completamente la cabeza. Cada proceso electoral deja dos grupos bien definidos. Los que celebran como si hubieran ganado el Mundial y los que miran los resultados preguntándose si por error se han publicado  datos de otro planeta. Si estás en el segundo grupo, probablemente hayas pasado por las etapas habituales: incredulidad, rabia, discusión en redes sociales, resignación y, finalmente, cansancio y pesimismo. Lo curioso es que cada elección produce exactamente la misma reacción, sin importar quién gane. La mitad del país cree que acaba de comenzar la era dorada. La otra mitad está convencida de que estamos al borde del apocalipsis.  Muchos descubren cada cinco años que la democracia incluye a otras personas.  Uno estudia propuestas, lee los resúmenes de los  planes de gobierno, escucha debates y llega a la conclusión de qu...

Mamá en línea

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Día de la Madre. Esa fecha en que las tiendas me persiguen con licuadoras que ya no quiero usar y con blusas que no me cierran  “porque mamá se lo merece”, ¡bah! yo solo quiero algo menos sofisticado: presencia.  Carne y hueso. Risas en la cocina. Ese:  mamá, ¿qué quieres que hagamos hoy? dicho desde mi sala y no desde otro huso horario. Este será probablemente el último Día de la Madre con mi cuarta hija físicamente presente antes de que los aviones, los estudios, las mudanzas y esa costumbre moderna de criar hijos para el mundo, hagan lo suyo.  Qué tremenda contradicción la mía: pasarme la vida entera enseñándoles a volar… para luego quedarme mirando al cielo y preguntarme ¿y ahora qué michi hago con mi nido vacío? No quiero remesas para regalos por delivery. No necesito una cartera que cuesta lo mismo que una pequeña  cirugía ni flores encargadas desde apps (mi consuerte todavía las escoge y las trae).  Solo quiero retroceder el tiempo, que e...

My sweet 60´s

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Nací en 1966, cuando el mundo cantaba a todo pulmón con los Beatles, se inauguraba un nuevo Mundial de fútbol en Inglaterra y las super potencias, léase USA y la URSS por entonces, se lanzaban a una tremenda carrera espacial. Nuestro planeta ya era bieeeeen intenso.   Sesenta. Así, a la vena: lo digo a los cuatro vientos.  Llegué. Y no fue por milagro ni por hacer ejercicio a las seis de la mañana; créanme que lo he intentado, con resultados dudosos... mi balanza no es muy empática que digamos.   Llegué. Con mi cuerpo circular que protesta y cruje por las mañanas, pero todavía responde.   Llegué. Con la salud que todavía coopera, y con mi corazoncito que ya no dramatiza tanto… salvo lo estrictamente necesario.  Sesenta con amor del bueno: no de película, pero sí del que se queda. Del que conversa, reposa y acompaña. Con mi madre de 99 y con el resto de mi familia, esa que me conoce demasiado y aun así insiste en quererme.   Llegué. Co...