Mujeres de marzo
El 8 de marzo no es un día de flores (aunque a mamá no le falten), es un día de memoria. Y la memoria, ya sabemos, incomoda más que cualquier cartel morado.
El Día Internacional de la Mujer no nació para celebrar que “somos especiales” (gracias, pero no). Nació de huelgas, de obreras textiles que exigían salario digno y horarios humanos cuando lo humano era un lujo. Nació del derecho a votar, a estudiar, a decidir, a no pedir permiso por existir. A abrir una cuenta bancaria con tu nombre. No es una fecha para regalar chocolates... aunque ¡me encantan! es una fecha para recordar que los derechos nunca fueron una cortesía sino una tremenda conquista.
En el Perú tenemos mujeres que no pidieron silla: la arrastraron y se sentaron igual. Micaela Bastidas, estratega aguerrida y brillante a la que la historia intentó reducir a “esposa de”.
Clorinda Matto de Turner, que escribió cuando escribir siendo mujer era un acto de rebeldía pública.
María Elena Moyano, que enfrentó la violencia con organización y mucho coraje. Qué diferente a lo acomodaticia con el poder, que resultó su hermana...
Chabuca Granda, que convirtió la ciudad en poesía cuando la ciudad no era y, sigue sin ser, amable con las mujeres.
Podría continuar, porque la lista es larga, aunque el reconocimiento sea mínimo.
Están otras mujeres, las que no salen en los libros: las que sostienen casas, trabajos, hijos, padres, emprendimientos y hasta el ánimo colectivo. Las que hacen magia con presupuestos imposibles y tiempo que se diluye. Las que aprenden a hablar fuerte en un país que todavía prefiere que hablemos bajito. Las que se quejan, las que quieren, las que cambian, las que producen. Las que enseñan.
No es muy grato ser mujer en un país machista.
Pienso en mis hijas.
En que quiero que se sigan desarrollando, sabiendo que no tienen que ser “valientes” para caminar por la calle. Que el mundo no debería ser un campo de entrenamiento para su resistencia. Que pueden elegir lo que quieran ser y hacer, sin tener que rendir cuentas, excepto a sus buenas conciencias.
Quiero que hereden derechos, no miedos ni culpas. Que discutan, que cuestionen, que incomoden. Que no sonrían por compromiso ni se encojan para caber en expectativas ajenas.
Quiero que entiendan que el feminismo no es una moda irritante y extrema, sino una conversación sobre justicia.
Y sí, habrá quien diga que “ya todo está logrado”. Claro. Como si la brecha salarial fuera un mito urbano y la violencia un malentendido estadístico o esa circunstancia con la que te culpan por haber ido ahí, por haberte vestido así.
La igualdad real no se decreta en discursos; se practica en casa, en el trabajo, en la política y en el lenguaje.
Así que este 8 de marzo no quiero solo felicitaciones. Quiero memoria. Quiero, sobretodo, coherencia.
Quiero que mis hijas vivan en un país cualquiera, donde ser mujer no sea un acto de resistencia cotidiana, sino simplemente una forma más —libre y plena— de estar bien en este mundo tantito agresivo para nosotras.
Feliz día de la mujer.
Dedico este post a mi madre, una mujer que se adelantó a sus tiempos y que decidió estudiar y trabajar cuando la mujer no estudiaba ni trabajaba. Decidió ser la base de nuestra familia, no la típica , por entonces, columna decorativa.
También a mis hijas, a las que siento cada vez más fuertes, más pensantes, más libres.
A mis hermanas y amigas.
A todas las grandes mujeres que me rodean y que permiten que esta celebración no sea una fecha vacía.
IT'S NOT YOUR JOB TO LIKE ME, IT'S MINE. (B.Katie)
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