Papá sin libreto
Hace tres meses casi lo pierdo.
A él. Al padre de mis hijas. Al hombre que lleva casi cuarenta años ocupándose de esas cosas invisibles que sostienen una familia mientras todos andamos demasiado ocupados viviendo como para notar el desgaste, el andar pausado, la vida que, al menor descuido, puede escurrirse de las manos.
Y de pronto, el mundo se detuvo.
Porque uno cree que los padres están ahí para siempre. También crees que tu pareja es eterna. Que siempre habrá tiempo para otra conversación, para otro consejo no solicitado, para otra discusión sobre cómo hacer las cosas correctamente. Para un pleito más sobre política.
Hasta que la vida te recuerda de golpe que no viene con garantías y que el reloj, ese horrible aparatito del que estamos pendientes, no deja de avanzar.
Mi propio padre se fue hace cuatro años. Pensé que ya había aprendido la lección sobre las despedidas. Sobre el dolor. Sobre la pérdida. Pues, resulta que no.
¡La vida es generosa repartiéndote exámenes de recuperación!
Por eso, este Día del Padre no viene envuelto en camisas, tazas con frases inspiradoras ni desayunos -que no le gustan- en la cama.
Viene con gratitud. La que aparece después del miedo.
Celebro al hombre que sigue aquí. Al que nuestras hijas todavía pueden llamar para pedir ayuda o consejos o Yape (no siempre en ese orden). Al que sigue haciendo planes de viajes y de deportes -ahora- prohibidos.
Mientras tanto, aprendo a valorar cada día que, lo tengo clarísimo, es prestadito nomás.
Porque a cierta edad uno descubre que el verdadero lujo no es tener más cosas: es tener más tiempo. Y este año, a Dios gracias ¡nos toca un poco más!
Feliz día del padre a mi mejor amigo. A ese confidente que lo cuenta todo. Al hombre al que entregué mi vida con amor y sueños, desde siempre. Con el que salgo a caminar, un poquito más lento, pero siempre segura.


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