Erito y la chica fresa


(Escribí este relato hace varios años: me adelanté un poco al caos migratorio reinante...Fue publicado en el libro Borrones y cuentos nuevos).


......

Erito llegó un día que no recuerda. Cree que fue un sábado porque al día siguiente no tenía nada que hacer; no había gente alrededor por lo que durmió unas quince horas, hasta que el hambre y el mareo, lo despertaron.

Cruzó el río, como muchos en esa frontera sangrienta, caótica e injusta. Iban hombres, mujeres y niños llorando, gritando, arreando o dejando tirados a los rezagados. Solo recuerda que don Pedro le dijo: "Tienes tres minutos, antes que la migra vuelva a alumbrar. Corre sin parar, si no logras alcanzar el otro lado, te regresas, ¿me entiendes?”

Corrió como condenado. Recuerda que casi le estallaban las sienes, por el esfuerzo. Imaginó ver a su madre y a Glorita, su idolatrada hermanita menor, paradas en la otra orilla y eso le dio el último impulso que le faltaba. No miró nunca atrás. ¿Para qué lo haría, si solo dejaba hambre y tristeza infinitas?

No recuerda nada más.

Su madre no lo quiso llevar cuando se marchó, hace tiempo. No quiso cargar con él porque tenía que dar la mano a Glorita. “Me han dicho que solo puedo ir con uno porque necesito tener una mano libre, entiéndeme, Erito. Llegando le pediré a Pedro que él mismo te pase, ¿ok?”. Demás estuvo que llore, que grite aduciendo que él las cuidaría y vería por ellas. Se quedó solo en esa frontera miserable, hasta el día que por fin pudo cruzar.

A los dos días o dos semanas, empezó a lavar platos en La Granja. Le habían contado que era un trabajo sencillo, es cierto, pero nadie le advirtió que cada una de sus diez yemas, se le abrirían como pétalos de flores rosadas.

Nadie le dijo que le quitarían la tercera parte de su sueldo, para pagar esa habitación mugrienta, que tenía un olor ácido,  que lo hacía permanecer mareado, mientras estaba ahí. Nadie le contó que esa vida era el verdadero sueño americano; con ese sueldo bajísimo, con el que a duras penas sobrevives. Nadie le advirtió tampoco, que no llegaría a encontrar a su madre ni a su hermanita, la única a la que verdaderamente extrañaba. Lo único limpio y puro en esa vida de eterna pesadilla y fracasos familiares continuos.

Casi no había diferencia entre estar dormido o despierto.

¿Para esto vino a los Estados Unidos de Norteamérica?

Debió quedarse en su pueblo donde, por lo menos, jugaba a la pelota tres tardes a la semana. Tenían un acuerdo tácito con la colonia de Milpa Alta: martes, jueves y sábado jugaban ellos y los de su colonia, la de Xochimilco, los otros tres días. Los domingos nadie lo hacía pues debían traer y llevar mandados y ayudar en todos los quehaceres, sean caseros o de los otros, en esos lugares paupérrimos, donde la violencia, la ausencia de futuro y la intranquilidad se palpan casi como objetos.

En La Granja, a Erito nunca lo vi conversar con nadie. Solo conmigo cuando necesitaba detergente y guantes. Le fui sacando unas cuantas palabras, para saber algo de él y de ese pasado que parecía pesarle en los hombros encorvados.

El ceño adusto, de viejo, no lo abandonó en el tiempo que estuvo con nosotros. A pesar que solo tenía diecinueve años, era como un anciano, en formas, poses y ademanes. Casi no hablaba: gruñía uno que otro monosílabo, con una voz bastante ronca que lo hacía parecer más viejo, luego, seguía con sus audífonos rojos, escuchando algo que no supimos qué era hasta que él mismo lo contó.

La chica fresa llegó a trabajar ese mismo verano. No supo, al inicio, por qué le decían así, pero todos los cocineros y las otras meseras lo hacían, burlándose y mirándola con desdén. Luzmila, la más pleitista, se paró frente a ella en su primer día de trabajo, con su metro cuarenta de estatura; aun así, se la veía imponente e intimidante, y le dijo: “¿para qué vienes aquí? Te burlas de nosotros con tu presencia. Piensas que este es un pasatiempo para tu verano diferente. Déjame decirte, Fresita, que para nosotros es la vida misma, la que tendremos por unos veinte años, hasta que vengan nuevas chiquillas, más jóvenes y bonitas a reemplazarnos. Esto no es un juego, ¿me entiendes?, si no gano dinero, mis tres hermanos y mi hijo se morirán de hambre allá. ¿Por qué no te largas con tu intercambio cultural a la mierda?”.

Los primeros días de mesera, la chica fresa solo podía llevar dos platos al mismo tiempo. Luego, con un poco de maña y los antebrazos morados, llegaron a ser hasta cinco. Sus padres se preocuparon mucho cuando la vieron en las primeras fotos, con los brazos llenos de moretones que asemejaban golpes. ¿Por qué pesaban tanto esos platos, aún vacíos?  Llenos de fajitas, burritos, tacos y enchiladas era casi imposible cargarlos, además quemaban mucho. ¿Estarían hechos de barro o cerámica? Les tomaría una foto para mostrarle a su madre.

A Erito le cambió el rostro, desde la llegada de la chica fresa. Nadie lo notó porque a él nadie lo miraba allá atrás: era un ser invisible, pero yo lo sé. Se le veía más iluminado, sin esa tremenda arruga que dibujaba una raya negra, en su frente sudorosa. La cocina parecía un horno gigante y los cocineros, asemejaban buñuelos gordos y redondos, asándose a fuego lento. En esa zona de Texas he visto salir humo de las pistas, de veras. No puedo imaginar qué tan caliente es todo adentro, con esos fogones grandes, siempre prendidos y humeantes. Es una cocina demasiado pequeña para las cuatro personas que laboran dentro, pero nada de eso importa, porque nadie ingresa a fiscalizar en ese extremo perdido y paupérrimo, tan feo, lúgubre y violento que no puedo entender cómo llegó hasta allá la chica fresa. Definitivamente, debió ser por un error en su job application pues a sus amigas las enviaron a Vail, ese resort de nieve, paradisíaco y elitista, donde -en verdad- encuentras muchos chicos apuestos. Este era un lugar tan atrasado y deprimente que no hubieses distinguido si te encontrabas en México o en los Estados Unidos, ni siquiera por el idioma, por la comida y menos por los carros viejos. No había nada que te señalara que te encontrabas en el país más poderoso de la tierra, nada.

La chica fresa lloraba mucho las primeras noches, queriendo regresar a su país. Antes de llegar a los Estados Unidos, pensó que sería muy divertido trabajar como mesera: conocería a muchos gringos y saldría todos los sábados a bailar. No fue así: los fines de semana estaba tan cansada y le dolían tanto las piernas y los brazos, que solo quería tumbarse en su cama. Sus piernas se pusieron moradas también, se le hincharon de tanto chocarse con el banquito al que debía subir para alcanzar los platos que iban saliendo, uno tras otro, de la cocina. Aprendió a empinarse con un pie e impulsarse como resorte con el otro para alcanzar los platos que marchaban como en un desfile en esa pared que también parecía una frontera ¿Por qué harían ese hueco tan alto?

Le tomó tiempo aprender todas las combinaciones de los tacos, en la carta de platos: con frijoles, con queso, con pico de gallo, con aguacate, hasta el elote se vendía con tres combinaciones; todo con un precio diferente, que debía explicar muy claramente para que luego Jorge, el administrador de la Granja, no le cobrase, en caso algún parroquiano se negase a pagar por cada extra.

Aprendió algunas mañas para atender más rápido y lograr -pensaba- mejores propinas. Le tomó casi un mes descubrir que Luzmila se guardaba dinero y no lo repartía, como habían quedado entre las tres meseras de La Granja.

Erito sentía paz interior, cuando estaba cerca de la chica fresa, así hubiese una pared en el medio, con un hueco por donde pasaban platos. Se dedicaba a observarla, a lavar platos con sus audífonos muy modernos, grandes y rojos, lo que hacía verlo de lejos como un flaco orejón, bajito y encorvado: casi una caricatura. Sé que cambió; hasta llegaba más limpio y peinado: el pelo negro y tieso con raya al costado, un jean siempre negro y un polo siempre blanco y largo, casi como un vestido, completaban su atuendo. Empezó a usar un perfume que mareaba cuando se mezclaba con su sudor. Se lo prohibieron. Sus zapatillas tenían colores llamativos, parecían siempre de estreno.

La chica fresa no intentó mucho hacerse amiga de las otras meseras. No hablaban inglés y ella quería practicar mucho el idioma. ¿Qué podría hablar con ellas, siendo tan distintas?  Solo le interesaba trabajar y obtener propinas grandiosas pues ansiaba regresar con el dinero suficiente para comprarse un auto, pero muchas veces, el corazón posee pensamientos propios; ni los grandes pensadores, han podido comprender qué es lo que hace funcionar a las emociones, de maneras tan disparatadas, lo cierto es que se hicieron amigas.

El trabajo era monótono, no pasaba nada extraño, por lo que tenían mucho tiempo libre, tiempo que empezaron a aprovechar para ejecutar el verdadero intercambio cultural, tan promocionado en este tipo de programas estudiantiles: La chica fresa contaba sobre su ciudad, su familia, amigos y fiestas interminables en la playa y las tres meseras relataban las vicisitudes que habían tenido en sus cortas vidas. Invariablemente, todas terminaban llorando, abrazadas. Los hombres de la cocina las miraban burlones, hecho que enojaba a Erito pues, si por él fuese hubiese corrido a entrelazar sus brazos también en ese nudo humano.

 

El lazo que las unió más fue un hecho de lo más insípido para cualquiera, menos en la vida de una mesera. Ingresaron doce comensales negros a la zona de la chica fresa. Se acercó amable y sonriente a atenderlos y tomar sus pedidos con las combinaciones más extrañas posibles. Trabajó mucho en esa mesa larga, vibrante y bulliciosa con personas de todas las edades y dimensiones. Impresionantemente altos y obesos. Las otras meseras, miraban entre escépticas y con pena a la chica fresa, mientras se desvivía por atenderlos con la mayor rapidez posible, pues los comensales empezaron a quejarse a viva voz, de su lentitud para traer los platos. Una vez terminados casi todos los tacos y enchiladas, las quejas aumentaron hasta llegar a improperios xenófobos y sexistas. Una persona a la vez, fue reclamando con palabras que no lograba comprender del todo la chica fresa; esta vez no le sirvió de mucho su C1 en la evaluación de inglés, previa e indispensable para este viaje. La frustración se apoderó de ella y estalló en llanto. Fue ahí que salieron las demás meseras en su defensa y empezaron una tremenda discusión con toda la mesa, que no terminó hasta que toda esa familia se marchase, sin pagar la cuenta. Las mexicanas lo intuían, por lo que consolaron a la chica fresa que era un mar de lágrimas pensando en todo el dinero que debería pagar, por los platos gigantescos que habían ordenado. Recién se enteró que había una especie de cláusula secreta que no figuraba en contrato alguno, conocida entre todos los trabajadores de La Granja. No debía pagar nada, era algo casi habitual, de ser por ellos ni le permitirían el ingreso al restaurante, pero no podían hacerlo pues serían acusados de discriminación, por lo que podría caerles una tremenda multa.

Los comensales eran casi siempre los mismos: trabajadores de las granjas cercanas, personal de las tiendas del centro comercial El Álamo, trabajadores de la Iglesia, que era lo único que atraía a uno que otro turista hasta ese feo lugar. Algunos llegaban hasta ahí, tras visitar el romántico Riverwalk de San Antonio. Devoraban plato tras plato, eran, por lo general, sucios y dejaban poca propina. La chica fresa los atendía de manera amable, aun sabiendo que la harían trabajar mucho y que dejarían centavos.

Si confundía con este tipo de comensales los vasos del refill, no importaba, pues entregaba cualquier vaso lleno y nadie notaba si era el suyo o no. Si caía un burrito al piso, le quitaba las pelusitas, lo volteaba y listo. No se esmeraba mucho, pero siempre era amable y tenía una sonrisa que sabía utilizar de manera atrayente. Un día, un chico dejó treinta dólares de propina. Fue un suceso. Le dijo: “para que siempre sonrías igual”, tomó una margarita y pagó con un billete de cincuenta dólares. Fue la mejor semana de la chica fresa, justo los días en que llegó la migra.

Desde hacía varios días, los trabajadores en la Granja andaban inquietos, todos menos la chica fresa y Jorge, los únicos formales, con contratos de trabajo y documentación legal.  Los cocineros y las meseras sospechaban que la migra aparecería en cualquier momento a llevarlos y sabían que no podrían hacer nada para evitarlo. Habían escuchado muchas historias de separaciones, de cárcel y deportaciones. Lograron divisar merodeando la hilera de locales comerciales, a un joven latino con un escudito minúsculo de ICE que por un descuido dejó a la vista. Sabían que eran oficiales encubiertos que visten como cualquier chico de esa zona, con el pantalón casi abajo de la cadera, zapatillas enormes, nuevas, casi siempre blancas, y polos tan largos como vestidos; siempre con gorros deportivos de cualquier equipo de futbol americano. No necesitaban ninguna insignia: a los oficiales de la migra se le huele a la distancia.

 

Luzmila vio a uno de ellos en la tienda cercana a su pensión. Él no la miró pues era un hombre muy alto y corpulento, por lo que ella le llegaba casi a la cintura; igual sintió un viento helado que le atravesó desde el cuello hasta su corto espinazo.

Corrió a trompicones para avisar a todos sus amigos de La Granja que la migra había llegado a su cuadra.

Nadie supo más de Erito, desapareció como muchos indocumentados que llegan a la primera potencia del mundo, con esas ansias de superación y deseos de conseguir dinero, por lo que están dispuestos a comerse el país de un bocado. Muchas veces sucede a la inversa: es el país el que los engulle dentro de su sistema atroz. A veces te escupe y a veces, no.

Creo que Erito presentía algo pues me entregó una carta para la chica fresa. Me sorprendió tanto que estuve tentado de abrirla, pero una poquísima decencia que quedaba como remanente de tiempos mejores, lo impidió.

La habría olvidado por completo en el cajón del escritorio y quizás se hubiese quedado ahí para siempre si la chica fresa no hubiese venido a despedirse nuevamente, de camino al aeropuerto. En realidad, ya lo había hecho durante sus últimos días de trabajo.  Todos los días durante esa semana lloraban  las tres meseras, formando un círculo que hacía verlas como un pulpo de varios brazos blancos que se entrelazaban, moviéndose lentamente. Quién diría que lo que inició como un pleito visceral, terminaría con lo más parecido a una bonita amistad, todo lo escueta que chicas como Luzmila y Olga, que se saben ilegales eternas, pueden permitirse. Yo también mantuve contacto con la chica fresa por un tiempo cuando regresó a su país. Planeaba, me contaba, regresar para el siguiente verano, ahora sí a Vail, aunque igual nos vendría a visitar.

La chica fresa abrió la carta, mientras estaba en el aeropuerto a la espera de su primera escala, para el ansiado retorno al hogar.

                                                                             

ola kerida amiga

Te conzidero mi buena i kerida amiga aunque tu no me ayas visto nunca porque no entraste a mi zona porque daba mucho calor desias a mis compañeros yo acia como que  estaba con mis audífonos pero lo tenia apagado porque quería escucharte tu vos que me daba Riza porque nunca abia oído una voz asi que cantava bonito todas las palabras eso es lo que mas me gusto de ti porque todo lo cantavas y no lo ablabas gritando como la olga y la lusmila

zupe que peleastes mucho con la lusmila que es bien peliona porque siempre quiere agaRarse los tips de todas y por ezo te escribo amiga para contarte que ami antes me decía que los esconda en unos de los valdes del cascade y yo lo acia y me daba 5 pesos todos los días pero cuando tu vinistes ya no quize acerlo y ella me gritava mucho pero no importa quiero que tu estes bien y que te vaya mui bien y que puedas comprar tu caRo

yo me boy a ir de viaGe porque aca no la encuentro a la glorita y me an dicho que puede estar en nuyersi y si tu ya te vaz yo tanbien me ire al mismo tiempo contigo.

 

Firmado por juan erito  hernandez lopez



Comentarios

  1. Qué lástima por Erito y todos los Eritos migrantes.

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  2. Sí que te adelantaste con tu cuento. Muy lindo y sentido.

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  3. Qué sentido tu relato. Qué tristeza infinita.

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  4. Que difícil y cuantos abusos sufren los inmigrantes.

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  5. Bonito relato de la sufrida vida de los migrantes que además son ilegales y no respetan la ley al entrar a USA ya que si lo hacen legal respetando la ley lo más seguro que nuncan entren a USA entonces deben ingresar a la mala y pasar todas esas pellejerias y hasta quizás dar la vida, triste situación por tenener tan malos políticos y gobernantes en nuestros países.

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  6. Que triste debe ser la vida de las personas que se ven forzadas a migrar, salir de su zona de confort, por buscar sus sueño, un sueño que a veces no se hace realidad.

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  7. Lloré con la carta de Erito, qué pena tan grande, que linda despedida.

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  8. Me encantó el cuento.
    Es largo pero con palabras necesarias para la historia de Erito y la chica fresa, apodo que creo usan en Latinoamérica.
    ¿Existió el personaje? ¿Qué será de la vida de Erito? Son de esos cuentos en los que quieres saber más!

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  9. EXTRAORDINARIO RELATO ROXANITA.
    GRACIAS POR COMPARTIRLO💝🌷

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  10. Muy buen Relato que provoca leer sin parar ! Triste realidad del ….”sueño americano “
    Gracias

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  11. Siempre es un placer leerte mi querida Bochy.

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  12. Ohhhhh, que tristeza la historia de Erito, de los cientos de Eritos inmigrantes que llegan a USA. Me gustaría saber más de esta historia, mi querida escritora..

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  13. Querida Roxana, hoy este cuento es tan actual como cuando lo inventaste, con la diferencia que es muy posible que a Erito lo agarre la migra y lo envíe a estas prisiones terribles que se están inventando para los migrantes... Yo, como inmigrante aunque hoy soy ciudadana americana, me duele mucho esta situación...

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  14. Un relato crudo que se aplica en muchas realidades del mundo. Migrantes que formaron nuevas ciudades y países. 👏👏👏

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