Mi primera vez
Preparé todo tres días antes. Hasta hice una prueba con mi hija, y por más que ella despotricó diciendo que se había aburrido, salí airosa. Me quedó grabada la idea de que no era divertida, sin embargo, me tranquilicé pensando que dos horas pasarían volando. Me dije: si siento que se aburren, contaré un chiste o haré una broma. El profesor anterior me había comentado que eran apáticos para el estudio. “Aburridos y cero participativos”, había añadido. Sus palabras repicaban en mi cerebro. Dudé hasta de cómo vestirme, algo inusual en mí. Opté por un serio sastre marrón. Al pasar al lado de mi hija sentí que me descalificaba con la mirada; murmuró: “pareces una directora de disciplina”. Llegué veinte minutos antes para escalar mi monte Tibidabo: los peldaños del pabellón D que me dirigirían al aula 406. Sentía sobre mis espaldas el peso de mi juventud y del nerviosismo que acarrea todo lo desconocido e incierto del primer día. Había tomado casi todo ...